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Terra
La Coctelera

Para ser lesbiana hay que ser mujer (III)

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Ser lesbiana no significa ser feminista. El feminismo ha nacido simplemente para combatir el machismo de una España anclada en la postguerra, y en la "neandertalidad" del ser humano, cuyo proceso evolutivo es comparable al andar de una tortuga.

No odio a los hombres, como lo hacen muchas, pero si odio a ese tipo de hombre al que, por darle morbo un beso entre dos mujeres, intenta colarse en una relación donde no caben tres. Este tipo de hombres piensan que, las lesbianas, son lesbianas, porque nunca les han dado un buen "pollazo". Además de ser vulgares carecen de cierto sentido a la hora de entender el amor, que no siempre está relacionado con el sexo, aunque ellos, tengan el cerebro un poquito más abajo del ombligo.

Soy femenina, y mi novia, también lo es. Huyo de los prototipos de mujer lesbiana, mujer masculina, y más culona. No busqué a Jacks, pero si a la chica que no lo encontraba.

Y en mis etapas de la vida fui tímida, y fui lanzada. Fui inteligente, y tonta a la vez. Fui Julieta en brazos de algún Romeo que nunca me enamoraba. Fui gorda, fui flaca. Fui... extremadamente peligrosa, sin perder el ángel en mi mirada.

Y ahora soy, una suma de todas esas cosas... una suma de todo, y una suma de nada.

Para Ser Lesbiana Hay Que Ser Mujer (II)

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No siempre fue fácil ser lesbiana en una generación marcada por la intolerancia donde las lesbianas sólo eran bolleras y los gays maricones. Los homosexuales, enfermos viciosos de la sociedad. Se hacían reivindicaciones, pero no como las de ahora donde se movilizan millones de personas. Antes, era a través del cine, con películas tipo Almodóvar, donde podíamos ver un desfile de travestis reclamando derechos. También lo podíamos ver en actitudes valientes, como la de Miguel Bosé, que desafió a una sociedad cerrada luciendo largas faldas cada vez que salía al escenario. Algo, que con los años, también hicieron otros pero sin tanta crítica. No hace mucho, llegó a reconocer que esto fue bastante difícil, y que incluso una vez llegaron a escupirle en la puerta de un teatro por “maricón”. Una situación un tanto humillante incluso para una persona que, probablemente, preferiría ser un “maricón”, antes que un reprimido retrógrado con, casi sin duda alguna, una sexualidad un tanto pobre, o al menos, insatisfecha, ya que esto es un síntoma común en este tipo de gente.

A pesar de eso, he podido escapar de las garras de la crítica, al menos en este campo, simulando ser una marioneta más, en este espectáculo circense en que se está convirtiendo la vida. Al menos así fue hasta que decidí dar un paso más, un paso hacia la liberación absoluta. No manifestándome tan solo el día del orgullo gay, sino cada día. No haciendo de mi vida un espectáculo, puesto que eso tampoco lo haría siendo hetero, pero sí, defendiendo mis ideales con mi mejor argumento, mi condición.

Para ser lesbiana hay que ser mujer (I)

Aquí estoy, en la habitación de un hotel. Rodeada de unos brazos que por fin me abrazan, y no sólo acarician mi cuerpo. Haciendo memoria e intentando conectar con mi pasado a través de un hilo de pensamientos que me llevan a la edad de los 4 años. Creo que fue a esa edad cuando se produjo el descubrimiento. A esa edad tan temprana descubrí que era bollera, lesbiana, tortillera. Lo que no conocía era el significado de esas palabras. No sabía definir lo que era, pero sabía perfectamente lo que sentía.

Ahora, que se definir lo que soy con una amplia gama de palabras, me doy cuenta de lo inocente que fue aquella manera de descubrirlo. Tan inocente como cruel, la forma de luego ocultarlo, o de negármelo. La inquietud de saber que nunca podría amar a quien me estaba amando.

Fui una niña inteligente. Tímida para algunas cosas, y demasiado extravertida para otras. Con 4 años no sólo me había definido sexualmente, sino que también sabía leer, y escribir. Con 5 años, terminé mi primer cuento. Corto, y exageradamente fantástico. Hablaba de un dragón blanco al que la gente del pueblo había arrojado a una especie de caldera enorme para matarlo creyendo, por su aspecto, que era peligroso. El dragón intentaba salir pero no le quedaban fuerzas, y se acabó rindiendo. Empezó a llorar y sus lágrimas cayeron como cascadas sobre el fuego hasta apagarlo, y así, consiguió librarse de la muerte… (Blablablá). Me acuerdo que me dieron un premio por eso, que me duró, lo que tardó mi madre en hacer una limpieza a fondo.

Ahora no conservo nada de “aquellos maravillosos años”, solamente, lo recuerdos. Que no se van ni con el mejor de los quita polvo. Así que he decidido dejarlos en algún lado, guardados. Ahora que ya no caben, tantos y tantos recuerdos, debo dejar hueco para los más recientes, muchos y buenos. Y aparcar por algún tiempo estos, que vienen cuando no los llamo, como visitas inoportunas que casi nunca traen regalos.